Ahora que ha pasado un mes del lamentable suceso en el que un trabajador boliviano residente en la provincia de Valencia perdió un brazo en un accidente laboral, me animo a compartir algunas reflexiones. Entonces, la repugnancia que sentía al escuchar y leer a unos y otros no me permitía hacerlo con tranquilidad.
En aquel momento pareció instalarse un consenso generalizado: los empleadores del trabajador eran unos desalmados por haber abandonado al trabajador a cincuenta metros del hospital. No por tenerlo trabajando sin contrato. No por hacerle trabajar doce horas al día. No por pagarle menos de setecientos euros al mes. A nadie parecía escandalizarle la situación de explotación. En varios medios de comunicación escuché que los empleadores eran unos desalmados porque trataban al boliviano como a un animal. No deberían equivocarse. Son muchas las personas que tratan a sus mascotas mejor de lo que los empleadores trataban a este trabajador boliviano. Y no me refiero a abandonarlo a cincuenta metros del hospital. Me refiero a someterlo durante años a condiciones de explotación.
Aunque las condiciones laborales se comentaban al dar la noticia, eso no escandaliza a nadie.
No escandaliza a los políticos (del gobierno o de la oposición). Si les escandalizara, no aprobarían leyes que condenan a las personas migrantes a una situación irregular en la que no les queda otra alternativa que aceptar trabajos en situación de explotación. Si les escandalizara, incrementarían la plantilla de inspectores de trabajo para que detectaran esas situaciones y se aplicara el rigor de la ley a los empleadores. Si les escandalizara, en lugar de regularizar al trabajador boliviano, ratificarían la Convención Internacional sobre la protección de los derechos de todos los trabajadores migratorios y de sus familiares aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas en 1990 y todavía no ratificada por España.
No escandaliza a los sindicatos. Si les escandalizara, en lugar de ofrecer sus servicios jurídicos de forma gratuita al trabajador boliviano, tendrían una política mucho más activa en la defensa de los derechos de los trabajadores migratorios.
No escandaliza a los medios de comunicación. Si les escandalizara, en lugar de acudir al hospital como buitres para entrevistar al trabajador boliviano cuando todavía se encontraba bajo los efectos de los sedantes, dejarían de criminalizar cotidianamente a las personas migrantes con titulares que vinculan la delincuencia y la migración, dejarían de especificar la nacionalidad de los delincuentes únicamente cuando son extranjeros, dejarían de utilizar la palabra “avalancha” al referirse a la población migrante, y dedicarían mucho más espacio a denunciar las situaciones de explotación y a exigir los derechos de las personas migrantes.
No escandaliza a los empresarios y a sus representantes. Si les escandalizara, no contratarían a trabajadores migratorios en condiciones de explotación. En lugar de hacer declaraciones politicamente correctas cuando se produce un lamentable suceso como el que nos ocupa, denunciarían a todos los empresarios que tienen trabajadores migratorios en situaciones que vulneran sus derechos. Y lo harían por eso, porque son situaciones que vulneran derechos, y no porque “los empresarios que contratan irregulares suponen una competencia desleal para los empresarios que contratamos en condiciones de legalidad” como llegué a escuchar a un representante de la patronal.
No escandaliza, en definitiva, a la sociedad. A una sociedad que tiene impregnada en su ADN que las y los trabajadores migrantes vienen a quitarnos el trabajo. Por eso se tolera que vengan en situaciones de bonanza económica, pero nunca en situaciones de crisis. A una sociedad a la que no le afecta que esos hombres y mujeres que llegan de otros países vivan en situaciones indignas porque, total, en sus países viven peor. A una sociedad que debería haber aprendido humanidad de su experiencia migratoria, pero que como para tantas otras cosas ha perdido la memoria con una facilidad asombrosa. A una sociedad que conforma avanza puestos en el ranking del Producto Interior Bruto, los retrocede en el ranking de los valores. A una sociedad de la que, cada vez con más frecuencia, me avergüenzo de pertenecer.
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